Cuando despiertas.
Cuando te preparas para un nuevo día.
Cuando te dedicas a pensar en banalidades por no pensar e otras cosas.
Cuando actuas banalmente* por miedo a salir de aquello a lo que estás acostumbrado.
Cuando finalmente llegan esos momentos del día que no deseas que lleguen nunca porque sabes que es peor pensar en ellos, por eso te rindes a las banalidades, pero llega un punto que estas se agotan.
Entonces llega ese momento en el que piensas.
Piensas cuando ries, pero que al minuto siguiente lloras.
Piensas cuando amas, y al minuto siguiente no sabes si llamarlo amor, cariño o miedo a verte sola.
Piensas en lo que estas haciendo, y descubres que no es lo que quieres.
Piensas en lo que quieres, pero te duele pensarlo, porque ni siquiera sabes eso.
Piensas en el ayer, cuando todo era sencillo y feliz y lo echas de menos.
Lo echas tanto de menos que cada vez piensas menos en dar pasos hacia delante y más en dar pasos hacia atrás.
Piensas que no puedes rebobinar una vida, pero lo haces constantemente.
Piensas que estás en un pozo sin fondo y sin respuestas.
Lo malo es que no sólo lo piensas, si no que también lo estás.
Y peor aún, ese pozo está vacío. Contiene recuerdos, pero que son los recuerdos más que ecos del pasado.
¿Acaso se puede vivir de ellos? No, porque tan sólo son recuerdos.
Tal vez en cuanto le dediques algo de tiempo a esos pensamientos que no quieres tener, antes hagas que desaparezcan o, al menos, que no te incomoden intentando hacerse hueco... aunque sea más fácil volar a otra parte.
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